Cultura y espectáculos

Emoción y camaradería en la presentación del libro de Raúl Biaggioni

Rodeado de amigos y vecinos del distrito, y tal como adelantáramos  se llevó a cabo el pasado viernes 21 la presentación del libro de Raúl Biaggioni «Balcones en la Luna y otros textos» de Editorial Maxbrod. El encuentro se llevó a cabo en el Museo Municipal Campiglia.

Se trata de un libro de teatro, compuesto por tres comedias. Raul Biaggioni además de su destacada militancia peronista es actor y humorista, conocido en el ambiente artístico tambien como  Larry De Clay, por uno de los personajes de Videomatch. Biaggioni es, ademas,  profesor de teatro y desde ese ángulo ha diseñado escenarios por donde el universo, el hombre y el barrio pasan y nos reflejan .

 

 » El libro de Biaggioni, consta de obras de teatro, donde el tema central son las personas rotas, que, ante la inexistencia de un futuro a la vista, siguen siendo leales a sí mismos, y a los amigos que puedan llegar a comprenderlos. Se observa también, la presencia de las cosas en la vida de estas personas. Las cosas: una pava, un disfraz de Sandro, una guitarra que acompaña en serenatas, la idea de un amor imposible que, debe quedar así … las cosas, esas cosas, que se recortan en la nada terrible que los rodea, impiden que toquen fondo, que se diluyan en esa misma nada. Son relatos de amistad, que superarn hasta al mismo amor, que suele morir en el intento de su eternidad» . expresó Gustavo issetta, Director del Museo Municipal y amigo del autor.

 

 

 

 

Tambien estuvieron presentes en la velada Verónica Rapetti, Subsecretaria de Gestión Cultural e Inclusión Social de Escobar, el escultor y artista plastico Eduardo Noé, Cristián Trouvé , escritor y editor de Maxbrod, Guillermo Álvarez y Luis Balbi, entre otros amigos.

Sobre a obra, la especialista en teatro, ficción audiovisual e historia de los medios, Nora Mazziotti, expresó: «Las obras de Biaggioni tienen un plus (…), y es la ternura. Emociona la manera en que Juan Carlos mima, cuida y atiende a su esposa gravemente enferma en Así; la nostalgia de los serenateros que repiten “Somos artistas, bohemios de la noche” o de los músicos frustrados que se reencuentran en el garage donde ensayaban en la juventud y repiten “¿Qué somos? Somos tipos duros. ¿Y qué hacemos? ¡El Rock and roll más duro, duro, duro!”, como santo y seña, como marca de camaradería e identidad. Y la forma en que Nelson comparte con la madre comentarios de la novela de Alberto Migré, Rolando Rivas, taxista, de 1972–1973, porque La Doble Nelson transcurre en esos años. En las obras sobran abrazos, formas de cuidado o de amor al otro. Es un igual, un compañero que tampoco pudo arreglárselas muy bien en la vida».

 

Cabe destacar que Nora Mazziotti fue profesora de Raúl Biaggioni en la ENAD. Es investigadora y escritora. Publicó las novelas La cordillera; Milonga perdida; Amores calabreses y Las cocoliches.

«Conmueven las obras de Raúl Biaggioni. Conmueve la pareja de ancianos de Así, los amigos de los Balcones, los rockeros del Garage o Nelson, el peleador de catch. Les sobra ternura, una ternura que es a la vez sobria y está escondida, y que se va develando de a poco en sus gestos, en sus palabras, en sus acciones.
Hay cosas que hermanan a los personajes de todas las obras. La marginación, el ser perdedores, el estar como a la vera de un camino, o el haberse quedado sin pilas, sin aire en la mitad del partido. Las crisis les pasaron por encima, casi no tienen resto. Están golpeados por la pobreza, la enfermedad, el desamparo. Pero buscan afecto, buscan acompañarse, encontrarse.
No se entregan. Para salvarse, para levantar cabeza, emprenden acciones que desde el vamos sabemos que van al muere. Es cierto que tenían pocas herramientas para intentarlo: un traje para imitar a Sandro; los que cantaban serenatas y que empiezan a rebuscárselas como mariachis; el reencuentro de viejos amigos que en su juventud habían constituido una incipiente banda de rock en un garage; el luchador de catch que por contrato tiene que perder. Pero no registran sus carencias. Esa imposibilidad de entender cómo viene la mano, cómo moverse, reinventarse, o replegarse los hace tiernos, vulnerables, frágiles.

Sin embargo, estos perdedores no se rinden. Están vivos, la pelean, aun con armas desechables. En Así, los protagonistas son un matrimonio mayor: ella está en silla de ruedas y en estado terminal; el marido le oculta la precariedad de la vivienda, la del trabajo, y que el hijo es un ladrón que estuvo en la cárcel. Casi como en He visto a Dios, de Defilippis Novoa (1930) el padre con enorme dignidad se enfrenta al hijo delincuente. Con dolor, cuida con un amor infinito a su compañera, le dice mentiras piadosas con tal de paliar su sufrimiento.
¿Qué queda de los sueños de juventud? El tiempo arrasó sin piedad con todos y cada uno de ellos. Se los ve mal vestidos, achacosos, cochambrosos. Como en las obras de nuestro grotesco criollo, las de Armando Discépolo o el mencionado Francisco Defilippis Novoa, de hace un siglo atrás, son torpes con sus movimientos, tienen dificultades para desplazarse, están enfermos. “Hace frío”, dice la acotación una y otra vez en Balcones en la luna, como en Mateo, como en Stefano, ambas de Discépolo. Pero no sienten amargura. Se acompañan, se buscan, se cuidan. Tal vez esa sea una innovación con respecto a los textos del grotesco.
Los textos trasmiten la desolación de personajes que no pudieron sobresalir, ni cumplir algún sueño. Y los ambientes son precarios, deteriorados, empobrecidos. En todas las obras hay objetos viejos, gastados por el uso. Una pava de cincuenta años. El calentador Primus, la yerbera de lata. Un catre, un cajón de frutas como mesa de luz y encima una lámpara a kerosene.
Es muy acertado el registro del mundo de hombres de clase baja: están los chistes, la camaradería, el imaginario sobre las mujeres. Los personajes rondan los setenta años, y llegaron casi sin aliento. Fueron artistas populares, y quieren volver a intentarlo, pero no le encuentran la vuelta. La precariedad, el deterioro, la marginación los acosa. En Así, Juan Carlos hacía shows y presentaciones personificando a Sandro, y sus compañeros a Favio y a Palito. Los serenateros-mariachis en Balcones en la luna, que literalmente pasan hambre; los fallidos miembros de una banda de rock, que habían hecho una batería con un lavarropas, en Ecos de garage; Nelson, el luchador de catch, en La Doble Nelson, que jamás puede ganar una pelea y cae en la trampa de una pareja de estafadores. Esa pintura del universo masculino de los sectores populares los acerca a la dramaturgia de Kartún y de Pavlovsky, o a El acompañamiento de Gorostiza.

 

Pero las obras de Biaggioni tienen un plus al que me refería al comienzo, y es la ternura. Emociona la manera en que Juan Carlos mima, cuida y atiende a su esposa gravemente enferma en Así; la nostalgia de los serenateros que repiten “Somos artistas, bohemios de la noche” o de los músicos frustrados que se reencuentran en el garage donde ensayaban en la juventud y repiten “¿Qué somos? Somos tipos duros. ¿Y qué hacemos? ¡El rock and roll más duro, duro, duro!”, como santo y seña, como marca de camaradería e identidad. Y la forma en que Nelson comparte con la madre comentarios de la novela de Alberto Migré, Rolando Rivas, taxista, de 1972-1973, porque La Doble Nelson transcurre en esos años. En las obras sobran abrazos, formas de cuidado o de amor al otro. Es un igual, un compañero que tampoco pudo arreglárselas muy bien en la vida.
Me gusta también que en las obras casi no hay villanos. Salvo en La Doble Nelson, donde hay una traición premeditada, quien se opone a estos antihéroes, son los vaivenes de la vida. No pudieron, no quisieron, no supieron. La vida los cacheteó, los fue acorralando, marginando, haciéndolos retroceder. Tuvieron que olvidarse de sueños grandes, de triunfos, reconocimiento. Pero no se resignaron, la siguen intentando, y derraman amor por quienes los acompañaron en sus aventuras. Dan ganas de ver representadas estas obras.»

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