
En una conocida historia de veteranos, uno de los personajes camina junto al mar hasta una trinchera de aproximadamente un metro de profundidad y exclama:
—¡Puedo venir hasta aquí sin hundirme!
—Me alegra oír eso —responde el otro personaje—. Hasta la profundidad de un metro usted y yo podemos ir sin preocuparnos.
—¡Puedo venir hasta aquí sin hundirme!
—Me alegra oír eso —responde el otro personaje—. Hasta la profundidad de un metro usted y yo podemos ir sin preocuparnos.
Con relación a nuestra fe, esto también es verdad. Podemos avanzar por nuestras propias fuerzas hasta cierto límite, pero a partir de allí necesitamos confiar en los brazos de nuestro Señor.
En el caso de nuestros veteranos, Él fue quien los condujo con seguridad, quien los orientó sobre lo que debían o no hacer ante ciertas circunstancias, y quien les marcó los lugares por donde podían avanzar. Fue Él quien los confortó en las horas difíciles y de soledad, y quien los abrazó al alcanzar una victoria, por más simple que esta fuera.
Imprudentes fueron aquellos que siguieron adelante sin consultar al Señor, que tomaron decisiones sin ponerlas en las manos de Dios y que creyeron ser lo suficientemente capaces de hacerlo todo sin la ayuda de Cristo.
Sabios fueron aquellos que comenzaron el día en oración, pidiendo guía para cada paso, pidiendo dirección para sus superiores en las órdenes justas, y pidiendo no desviarse ni un minuto de su camino, comprendiendo que sin Jesús nada podemos hacer.
La felicidad no es solo conseguir una pequeña victoria, sino ser siempre más que vencedores. No es solo sonreír ante una buena noticia, sino alegrarse en cualquier ocasión, sabiendo que todas las cosas ayudan para el bien de los que aman a Dios.
Felicidad no es solo tener una bella casa, un auto nuevo o una buena pensión; es saber que, además de todo eso, se posee una seguridad interior y una paz espiritual por la tarea cumplida.
¿Sueles confiar en el Señor durante toda tu caminata, o acudes a Él solo después de la trinchera?
Desde la ciudad de Campana, Buenos Aires, te envío un abrazo y mi deseo de que Dios te bendiga, prospere en todo lo que emprendas y derrame sobre ti salud, paz, amor y mucha prosperidad.Claudio Valerio
©Valerius




