COLUMNA DE OPINION

Heroes de Malvimas

Por VGM Enrique Oscar AGUILAR

  • LOS HEROES DE MONTE TUMBLEDOWN
    Última Parte
    Buscó al grupo de británicos que estuviese más cerca y lanzó la granada que lo había
    acompañado en su corrida. Tenía para elegir. La cantidad de soldados enemigos era
    impresionante; algunos se habían quedado combatiendo en el mismo sitio de la
    posición y unos pocos sobrepasaron el lugar llegando a unos 20 o 30 metros a
    retaguardia.
    Comenzó a dar órdenes, a los gritos, las que a su vez eran pasadas de
    pozo en pozo, hasta ambos extremos de la Sección. A la una y veinte de la
    madrugada y como el enemigo no cedía en su ataque, llamó por radio al puesto de
    compañía del teniente Villarraza. Por varios motivos, tenía problemas para
    comunicarse con su jefe: se habían cortado las líneas telefónicas, ambas posiciones
    se encontraban en las laderas opuestas de una misma montaña que hacía de pantalla
    y, como si eso fuera poco, desde la tarde del 13 los ingleses interferían los equipos
    radioeléctricos, primero con música y después hablando y con ruidos.
    Por ello, a veces, la Tercera o la Segunda Sección retransmitían las comunicaciones. -Verde,
    aquí Verde Cuatro -intentó Vázquez, -Verde Cuatro -fue la respuesta del puesto de
    comando de Villarraza, a unos 800 metros a retaguardia de la compañía Nácar. –
    Solicito fuego de mortero sobre mi Sección. – Recibido. El suboficial Elbio Cuñé, jefe
    de la Sección Morteros de 81 mm. dependía de la central de fuego a cargo del
    teniente de navío Ubaldo Pagani, instalado en el puesto de comando del BIM 5.
    Cuando comenzó el ataque sobre las posiciones del teniente Vázquez, Pagani lo
    liberó y le dijo que se comunicara directamente con el comando de la Nácar, para
    hacer más efectivo el apoyo.
    Villarraza retransmitió a Cuñé el pedido de fuego de Vázquez. El suboficial tenía
    reglado el tiro sobre la punta que bajaba de Tumbledown a Dos Hermanas, en un
    pequeño valle a unos 300 metros delante de la Cuarta Sección. De todas maneras,
    tenía que recibir la orden del lugar exacto donde hacía falta el apoyo, «Verde, aquí
    Naranja – dijo respondiendo al llamado de Villarraza. «Aquí, Verde, adelante Naranja. –
    ¡Corríjame, va disparo! Vázquez, que había alertado a sus hombres que les caería
    fuego de morteros, le comunicó a Villarraza la corrección del tiro y este le retransmitió
    a Cuñé: -Alargue lOO, derecha 50.-Recibido. Va -respondió Cuñé, -Bien, está en zona
    batida.
    De inmediato cayeron sobre la Cuarta Sección unas quince salvas provocando una gran sorpresa entre los británicos, que comenzaron a desbandarse. También hizo fuego el suboficial Lucio Monzón, con sus morteros de 60 mm, ubicado a 500 metros a retaguardia de la Nácar, con seis conscriptos. Ese fue un momento muy difícil, durante el cual quien estaba combatiendo desde su pozo no podía meterse adentro y tenía que seguir tirando. Si deja de disparar, el enemigo que lo tiene localizado perfectamente y que ya está jugado pues el fuego lo agarró desprotegido, se le va encima y, como hacían los ingleses, le arroja una granada dentro del pozo o se para en la boca del mismo y vacía un cargador en el interior, ocupando luego ese mismo
    agujero. Además, el combate en esas condiciones es totalmente entreverado. A los
    proyectiles de los morteros 81 había que sumar los cohetes, granadas y misiles Milán
    que tiraban los británicos. Un infierno, donde las distancias entre contendientes no
    excedían los 8 o 10 metros y donde los disparos de cada uno eran su mejor cubierta.
    Nadie tenía tiempo de apuntar, solo de tirar al bulto, sin exponerse demasiado porque
    con seguridad uno o más enemigos le estaban tirando. Esa situación fomentaba la inseguridad de ambos bandos y dificultaba la precisión de los disparos. Finalmente, ante la intensidad del fuego de morteros, los británicos se replegaron a la posición de partida que habían adoptado para el ataque, en el valle, al oeste de Tumbledown. Muy pocos quedaron a retaguardia de la Cuarta Sección, escondidos detrás de alguna piedra, al no poder escapar con el grueso. Era exactamente la 1,30 del 14 de junio. El asalto de la Guardia Escocesa de la Reina había sido rechazado. Un silencio absoluto que se prolongó por espacio de media hora se apoderó del monte. Ni siquiera había viento y la visibilidad era buena, luego de haber pasado momentos de niebla cerrada, fuerte lluvia de granizo y nevadas.
    De pronto, ese extraño silencio se rompió con los gritos de los argentinos. «‘Viva la Infantería de Marina», «Vengan ingleses hijos de rata», “Que venga la Reina, carajo”, «Vengan, que acá está la Cuarta Sección», Los nervios, la tensión vivida durante más de dos horas de combate ininterrumpido, el ansancio, el miedo, daban paso a un desahogo merecido.
    Los habían rechazado…A esos hombres tenaces y a su extraordinario jefe, aún no reconocidos ni siquiera por su
    propia fuerza, les dediqué esta letra, que canta Carlos Longoni:
    MONTE TUMBLEDOWN
    En la noche del último lance del enfrentamiento postrer, Detuvimos al brit en su
    avance de las diez y hasta el amanecer.
    Quien debía habernos cubierto, Se esfumó sin aviso alguno. Quien no fue malherido,
    fue muerto, mas de todos flaqueó solo uno.
    Si entrecierro los ojos, me arrima la memoria, el más fiel de los chasques, esa escena
    dantesca en la cima: Las Termópilas de Carlos Vázquez.
    Con el joven teniente al frente, y aun siendo uno ante diez, nuestra cuarta sección
    ciertamente, a parir puso al guardia escocés.
    Desde el vamos tuvimos bien claro, que los cuarenta en un haz, con el Cristo por todo
    amparo, no daríamos ni un paso atrás.
    Si entrecierro los ojos, asoma, como tela de aquel pintor Cúneo, esa noche archí
    negra en la loma, que el fragor convirtió en plenilunio.
    En un cuerpo a cuerpo trenzados, no pedimos ni dimos cuartel. el teniente exigió a los
    mandos que el fuego lo abrieran sobre él.
    No importaba si él mismo caía daba igual si moríamos todos. Si, contaba, la quijotería
    de parar a los brits de ese modo.
    Si entrecierro los ojos, me arrima la memoria, el más fiel de los chasques, esa escena
    dantesca en la cima: Las Termópilas de Carlos Vázquez

Noticias relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Close