
SECUELAS EN EL ALMA
EL TESTIMONIO DE UN VETERANO DE MALVINAS
Primera Parte
Rubén Molíns formó parte de un equipo de traductores y especialistas en comunicación que viajó a las islas en 1982. En su relato, recuerda a los kelpers como personas que vivían tranquilamente hasta que, de repente, estalló una guerra en el patio de sus casas. “Lo más duro de esos días fue la certeza absoluta de que moriría allí, de que no habría ninguna posibilidad de volver con vida y ver de nuevo a mi familia”, contó.
El pasado 2 de abril se cumplieron 42 años desde el inicio de la Guerra de Malvinas, uno de los episodios más tristes de la historia nacional. En el enfrentamiento con Gran Bretaña, numerosos jóvenes argentinos fueron enviados a las islas con poca preparación y, muchas veces, sin siquiera saber a qué iban o a dónde iban.
En el aniversario de un suceso que ningún argentino debe olvidar, El Milenio entrevistó al excombatiente y sobreviviente de Malvinas, Rubén Osvaldo Molíns, que actualmente vive en barrio Argüello. Con menos de veinte años, el entonces joven oriundo de Deán Funes se desempeñó como traductor de inglés (un rol muy importante ya que era necesario comunicarse con los británicos que residían en las islas) y formó parte de la compañía de comunicaciones.
El Milenio: ¿Cómo entró al servicio militar? ¿Qué función cumplió?
Rubén Molíns: Por haber nacido en 1963, me tocó hacer el servicio militar durante el año 1982. En ese entonces, la región del Tercer Cuerpo del Ejército, con sede en Córdoba, estaba “castigada” por un levantamiento que había llevado a cabo el General Méndez hacía ya unos años. El castigo era enviar soldados cordobeses a cumplir el servicio militar en cuarteles del sur del país.
En principio, yo estaba destinado a un regimiento de Infantería en Sarmiento, provincia de Chubut, pero por ser radioaficionado, conseguí que me cambiaran a una Compañía de Comunicaciones, CaCom9, en Comodoro Rivadavia.
Además, como era traductor de inglés (había estudiado en ICANA durante nueve años), el poco tiempo que estuve en el cuartel, antes de viajar a Malvinas, mi trabajo tuvo que ver con traducir textos del inglés al castellano y hacer tareas de oficina. Mi instrucción militar en el campo fue muy corta, apenas un par de semanas.
EM: ¿Cómo llegó a Malvinas? ¿Sabían a qué iban?
RM: Los últimos días de marzo se percibía un particular nerviosismo en el pequeño cuartel donde estábamos. Estuve a punto de integrar un equipo de comunicaciones que viajaba para Río Mayo, en la cordillera. Todos pensábamos que pasaría algo con Chile, porque pocos años antes habíamos estado al borde de la guerra en el sur.
Finalmente me quedé por orden de mi superior. Tiempo después, nos enteramos de que en realidad ese equipo había participado del desembarco en Malvinas, que estuvo destinado a Bahía San Carlos y que fue unos de los últimos grupos en regresar al continente, una vez finalizada la guerra.
Al día siguiente fuimos al Comando de la Nueva Brigada, en Comodoro Rivadavia, para hacer escucha de todo el mundo, en inglés, y ver qué se decía de Argentina en otros países. En general, no éramos parte de las noticias y de los comentarios para estos emisores.
El 2 de abril a la madrugada nos enteramos que se habían recuperado las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur y que en algunos lugares había combates y escaramuzas. El 3, un grupo de diez traductores más otros soldados de comunicaciones, oficiales y suboficiales, volamos en un Hércules C130 que nos llevó a Puerto Argentino, en Malvinas. Mi lugar de base y de trabajo era el cuartel que había sido de los marines ingleses hasta hacía unos días, y una oficina en el Town Hall, en el pueblo.
EM: ¿Qué es lo que más recuerda de su paso por Malvinas?
RM: Durante muchos años no quería recordar nada, seguramente como un mecanismo de defensa. Con el tiempo, los recuerdos que comenzaron a aparecer tenían que ver con las personas que vivían allí, los kelpers (malvinenses). Una de nuestras tareas como traductores era comunicarnos con los lugareños. El gobierno de Argentina les ofrecía llevarlos hasta Uruguay y desde allí, a Inglaterra.
Una mañana tuve que acompañar a un hombre que tendría unos cincuenta y pico de años hasta su casa, a ver unos equipos de radio, para decidir si los confiscábamos o no. Le ofrecí la posibilidad de que él y su familia pudieran irse a Inglaterra y me dijo que había estado tres veces en ese país visitando parientes y que, para ellos, los kelpers no son ingleses. También había estado en Buenos Aires y Comodoro Rivadavia, y sentía que, para los argentinos, ellos eran extranjeros. Me contó que había nacido allí y que todo lo que tenía en la vida estaba en su casa, con su familia.
Pocos días después comenzaron los bombardeos sobre Puerto Argentino y siempre volvían a mi recuerdo los rostros de esas personas que vivían muy tranquilas en un lugar bellísimo, y de un día para el otro, dos países pelearon una guerra en el patio de sus casas.
EM: ¿Qué fue, desde su perspectiva, lo más duro de aquellos días?
RM: Sin duda, lo más duro de esos días fue la certeza absoluta de que moriría allí, de que no habría ninguna posibilidad de volver con vida y ver de nuevo a mi familia. A los 18 años, uno no tiene mucha perspectiva para comprender esa situación, solo se la puede sentir en las entrañas, llorar por las noches recordando los rostros de las personas queridas y despedirse en silencio de ellos. Continúa…




