COLUMNA DE OPINION

El Galata Morente

Por Gustavo Issetta

 

Ha resultado terrible para mí, esta muerte que no cesa.

Recuerdo cuando fui estatuido luego de la gran batalla. Ahí sí que, junto a las pasiones de aquellos hombres que estuvieron en el sitio de Pérgamo, reflejé uno de los dolores más intenso de la vida: el honor del enemigo caído, ante sus vencedores. Hoy no es lo que se dibuja ante tus ojos, desconocido caminante.

Aquella dignidad, aún sangraba. Hoy ha quedado solo mi herida mortal en el costado. Que el tiempo ha cocido como un ánfora más de este templo. Antes era mi mármol tan blanco como las nubes. Ahora el moho y la humedad lo han oscurecido. Pero ten presente que mi cara estará gastada pero no vencida.  Solo veo mi mano venosa. Aquella que empuñó la espada hasta el final y confinó a la muerte a muchos enemigos. Puedo ver aún mi pecho erguido. Antes el muro de un valiente. Ahora, es la sombra de todo eso. Veo mi pierna inmóvil, tratando de levantar por siglos este cuerpo congelado. Pero no. La vida es una rara variedad de la muerte. Por mucho tiempo mi desnudez fue mofa de niños burlones. Y por la gracia de gentes buenas, la turba ignorante de siglos posteriores no laceró, mi carne rocosa.

¿Dónde estarán mis lustrosas armas? ¿dónde mi casco, mi cimera? Se que la muerte no necesita abalorios, y es tan impúdica al nacer como al morir. Hoy, será siempre hoy. Como viene siendo desde el largo ayer. Los vientos no gastarán mi orgulloso porte.  La lluvia resbala como el lecho de un río.

Tan solo soy la imagen de aquellos días. Que, al verme, en segundos, se olvida.

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